Día mundial de la salud mental o de las enfermedades mentales -10 de octubre-

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Ayer fue el día mundial de la Salud Mental. Una conmemoración que, al menos en España, parece recochineo. Hubo escaso eco de la efeméride, por otro lado, lo más congruente con el abandono y la desatención a la que se ha llegado en la sanidad pública. Claro que siempre hay quien está peor, y acude a mí el reportaje que vi hace unos días sobre las secuelas mentales que está dejando la situación de guerra continua en los habitantes de la zona de Gaza: ansiedad, depresión y no se abstuvieron de dar datos sobre los suicidios que se producen.

Desde que Nietzsche dijera que la cultura occidental estaba enferma, según él porque negaba la vida al no afrontar el lado doloroso y en definitiva emocional y sensible de la mente humana[1], han sido muchos los que se han fijado en la estructura social, cultural y económica para reafirmar la tesis nietzscheana. Freud hizo un análisis de la sociedad en “El malestar en la cultura”, atinado y muy sugerente.

El último y más aclamado por lectores avezados, y no, en estas cuestiones ha sido Byung-Chul Han que partiendo de lo que ya constataron predecesores como Lyotard, Lipovetsky y Bauman, por citar algunos, en su primer ensayo breve -al que seguirá una retahíla de ellos, analizando la cultura-, “La sociedad del cansancio”, utiliza términos como depresión, síndrome del cansancio, propias de lo que denomina la era neurológica. Esta se caracteriza por una especie de colapso interior, al resistirse o negar lo que viene de fuera, interrumpiendo el narcisismo imaginario. Interesante es, en este sentido, el análisis que hace Quintana en su ensayo sobre el humanismo de Orwell -estableciendo semejanzas entre lo que Han identificó como asfixiante y lo que señaló Orwell-[2]

Lo expuesto hasta ahora debería servir para apercibirnos de que la salud mental no depende exclusivamente del propio individuo o de su entorno más inmediato, sino que el tipo de cultura en el que vivimos nos perturba hasta el punto de llegar a enfermar, con lo que tal vez la propia cultura carece de las condiciones para una buena salud mental. No pretendo entrar aquí en ningún debate del tipo si la génesis de la enfermedad mental está en la cultura o en el individuo, porque me resulta un planteamiento simplón y que busca más eximir responsabilidades que buscar causas y las consecuentes soluciones.

Sea como sea -y ambos factores son potenciales desencadenantes de inestabilidades mentales- lo cierto es que, tanto las situaciones extremas de pobreza, guerra, etc., …como las que muestran un cierto bienestar de las condiciones materiales y de paz, dejan tras de sí un reguero de individuos con patologías mentales que comportan mucho sufrimiento. En los países más pobres la salud mental queda eclipsada por la física que se halla en situación de emergencia -lo cual no significa que no haya trastornos mentales agudizados precisamente por las condiciones indignas de existencia-. En los países de mayor bienestar, en la medida en que las arcas públicas han ido mermando, la salud mental ha sido ignorada y ninguneada. Siendo, paradójicamente, el suicidio la principal causa de muerte no natural, por ejemplo, en España[3].

Podríamos afirmar, sin temor a errar, que lo que está en cuestión es qué tipo de existencia nos hemos creado los seres humanos -a pesar de nuestra supuesta inteligencia- que a medida que más progresamos, parecemos más infelices. Aquí podría matizarse y poner en tela de juicio el concepto de progreso y de felicidad mismo. Mas, entiendo que, aunque queramos retorcer al máximo la cuestión, los hechos demuestran que el supuesto progreso ilustrado no ha comportado mayor felicidad, y que hoy en día ni tan solo sabemos qué constituye ciertamente el progreso y mucho menos la felicidad. Tenemos muchas cosas, pero que no proporcionan sentido a la existencia inmersa en una evolución de las sociedades humanas algo desnortadas.

Muchos padecen una mala salud mental, pocos son los diagnosticados, y simultáneamente, hay una cierta tendencia a patologizar lo que no es más que existir. La desorientación es importante, porque siendo los suicidios un indicador de que algo no funciona, corremos el riesgo de recluir estas muertes voluntarias en el ámbito de lo privado y no como un problema de salud pública. A la vez, y paradójicamente se produce una inercia a considerar que quien no se adapta a la sociedad, en cada una de las etapas de la vida, tiene un problema de salud mental. A lo mejor, hay un problema de salud social que se entremezcla con los de salud mental que de facto se da en los individuos. De tal forma que ni nos cuestionamos profundamente si queremos vivir como vivimos, ni atendemos a las personas que resultado o no del entorno competitivo y asfixiante padecen trastornos mentales.

Un día mundial dedicado a X, debería ser un acicate para reflexionar a fondo qué está sucediendo y cómo podemos minimizarlo. Pero son tantas las causas y los problemas que nos azotan, que van pasando por el calendario con una jornada dedicada a ellos, sin que este gesto simbólico acabe comportando, ni significando, ningún tipo de acción contundente al respecto. ¡Qué banalidad  y qué desvergüenza la de los humanos!


[1] Asunto que queda tan solo apuntado por la imposibilidad de abordarlo en este artículo, pero que puede ser profundizado leyendo la obra “El nacimiento de la tragedia” del filósofo alemán, en edición de Alianza Editorial, por ejemplo.

[2] Quintana, O. La condición del hobre corriente. Esnayo sobre el humanisme de Orwell” trad. I,Baucells y P. Ruiz de Gauna. Ed. Punto de vista editores.

[3]  https://www.rtve.es/play/videos/telediario-fin-de-semana/el-suicidio-la-primera-causa-de-muerte-no-natural-en-espana/6689022/#:~:text=Este%20s%C3%A1bado%20es%20el%20d%C3%ADa,Concretamente%2C%20una

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