Silencio y soledad.

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El silencio es como un poliedro, que en su sentido etimológico griego significa que tiene muchos asientos. Ocupar uno u otro, con la diferente perspectiva y sentido que implican, no siempre es una elección.

Hay una cara en la que nos vemos plasmados y que se deriva del hecho de no tener con quien hablar, es la soledad en bruto, acaecida e indeseable. Otra, es un plano necesario y querido que exige la interioridad de cada individuo para poder reflexionar, asumir los acontecimientos de la existencia, algo que ciertamente debe hacerse en soledad. Aun hay otro asiento -seguro que además otros que obvio- que consiste en sentarse al lado de alguien, acompañarlo, respetando su silencio, pero masticando su sufrimiento con la impotencia de no poder hacer otra cosa que callar. Esta última puede mitigar la sensación del que ha elegido el silencio de no hallarse en absoluta soledad, ya que se halla cuerpo con cuerpo con alguien que está dispuesto a escuchar.

Algunos silencios que guardan o se les imponen a los otros ni los advertimos; sin embargo, aquel que consiste en sostener el silencio junto a alguien que así lo desea, siendo un recurso al que recurrir por el silente, nos inunda de padecimiento por la impotencia que sentimos al ver como es otro se retuerce en el dolor sin querer transformarlo en palabras que puedan vincularnos dialógicamente. Este es el más duro de sostener para el custodio, esa figura silenciosa que resta paciente por si es reclamada. Es, asimismo, la impotencia elevada al máximo.

Afirmar, por lo tanto, que soledad y silencio constituyen siempre un binomio, aunque con diversas aristas, es una exigencia ineludible para comprender y sostener ambas. Sea por propia decisión, o por situarnos sentados pacientemente junto al que siente soledad en silencio, por los motivos que sean.

Plural: 7 comentarios en “Silencio y soledad.”

  1. La vitre des fenêtres a la bouche collée aux deux côtés. Celui qui ouvre vers le large, et l’autre qui retient contre ce que la vitre bloque. La langue tourne sur elle-même, poussant le souffle qui embue. Au fond l’envie de rompre une solitude tient à utiliser la crémone pour ouvrir la fenêtre à ce qu’on aspire au fond de sa poitrine…

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