La serpiente humana

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Susurraba una letanía inaudible, mientras se desplazaba con esfuerzo serpenteando sin hallar lugar alguno. Sabía que era urgente trascender la situación en la que estaba incrustado, pero no podía dilucidar dirección ni sentido. Estaba semiconsciente, percibía su incapacidad de incorporarse como un homo erectus que era, mas ignoraba qué le había provocado esa impotencia y lo había sentenciado a reptar. No recordaba qué había sucedido, tan solo notaba su cuerpo sometido a unas posibilidades impropias, no solo de él sino de su especie.

Logró llegar hasta una silla y fue enredándose en una de las patas como una hiedra, o con la convicción de serlo. Alcanzada la base del asiento, y agradeciendo la suerte de que el respaldo estuviese formado a base de piezas verticales paralelas, procedió a continuar su andanza lianesca con el fin de acceder a la mesa que se hallaba allí mismo. ¡Qué maravilla! Objetivo conseguido. Desde lo alto de esa superficie que se elevaba plana y segura, levantó la cabeza para otear los alrededores. Todo era sustancialmente distinto de cómo, al creer que había recobrado la consciencia, lo recordaba. Era observador de una perspectiva velada del mundo, o quién sabe si de otro mundo. Pensó que su angustia y su esfuerzo no habían sido en vano, ya que lo que se mostraba ante él era casi divino: personas cooperando para vivir benévolamente, sin competir, sin pisarse, afables y cariñosos los unos con los otros. Una paz y un ambiente apacible. Había otro mundo posible, no estábamos condenados a sucumbir en ese agujero que todos conocíamos. La esperanza tenía sentido.

De súbito notó un empujón, que se le antojó diabólico, dio un brinco y cayó al suelo. Miró hacia arriba y una niña angelical, cuyo rostro le era familiar, le dijo: “Papá, o te levantas o hoy llegamos todos tarde”. Fue a partir de entonces cuando aparecieron síntomas de una psicosis algo extraña que consistía en expresar su ardiente deseo de ser un ofidio; y llantear desconsolado hasta que el agotamiento lo sumía en un sueño profundo. Mas dormir no era ningún remedio, ya que cuanto más dormía más sucumbía a ese estado psicótico. Como tal, la locura en bruto considerada por los especialistas. Sin embargo, yo que tuve ocasión de tratarlo y conversar durante horas, constaté que su estado respondía a la lucidez de quien ha vislumbrado otra forma de vida, y medité durante tiempo sobre ello. Concluí que los humanos carecíamos de esos estados psicóticos que nos estimulasen a creer que nuestra especie no es un asunto perdido y descarriado, que sabemos actuar de otras formas y que deberíamos psicotizarnos para ver, mirar desde otra perspectiva más completamente humana. Somos seres con un campo visual escaso, y ahí radica nuestra miseria.

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