¿Hay humanos «buenos»?

Un comentario

En la reflexión ética, aquella que rebusca en qué criterio nos basamos para calificar una acción como buena o mala, siempre resta la incertidumbre de hasta qué punto podemos llegar a identificar el mencionado fundamento. Cierto es que lo único empíricamente observable es la acción y el contexto en el que ésta se lleva a cabo, sin embargo, de facto es difícil desvincular la acción del sujeto que la realiza. Me explico: una acción determinada puede ser enjuiciada de inmoral en un contexto y con un criterio de valoración X, pero mi duda es si ¿es del todo prescindible quién la realiza para entender hasta qué punto había mala voluntad o intención?

Habrá quienes aducen que ni la intención ni la voluntad pueden ser enjuiciadas desde fuera del mismo sujeto. Esto de forma aislada es absolutamente cierto, ya que no son observables. No podemos saber con qué intención se lleva a término una acción, y la declaración en un sentido u otro del sujeto no puede servirnos por no poder comprobar la veracidad.

Parece que estemos ante un escollo irresoluble, y que no podamos tener conocimiento sobre la condición moral de un sujeto, más allá de sus acciones. Siendo esto así, quizás no es insignificante que a lo largo de la existencia de alguien la percepción que se genera es que hay personas buenas, sin más.  Este aspecto resulta relevante ya que no puede tener el mismo peso específico la valoración de una acción aislada, que el conjunto de acciones que un determinado sujeto va realizando a lo largo de su existencia.

Diríamos que cuando entramos en este terreno, uno en el que el sujeto tiene nombres y apellidos, y hemos convivido años con él, nuestra sensibilidad moral va más allá y tiende a concebir a una persona como buena o mala, fiable o no. Esta es la experiencia que tenemos de los que conviven cotidianamente con nosotros y comparten el espacio político.

Recopilemos: la reflexión ética busca la objetividad a partir de un criterio identificado -no necesariamente universal- que pueda ser aplicado a toda acción para calificarlo de moral o inmoral. Sin embargo, la moral se asienta en nuestro interior y de forma más o menos inmediata nos lleva a rechazar unas acciones y a aceptar otras, y con el tiempo a percibir a una persona como predispuesta a actuar moralmente, y otras a dudar siempre de su moralidad. La ética es una reflexión a posteriori de la moral, y esta puede quedar cuestionada o reafirmada a partir de esa reflexión sobre el criterio o fundamento de la moral que hemos interiorizado.

Así, al enjuiciar una acción desde la moralidad, la primera facultad que recibe el estímulo de la acción observada es nuestra sensibilidad moral, y a partir de ella acostumbramos a realizar un primer juicio, que posteriormente puede ser matizado o corregido. De esta forma, hay personas que la experiencia nos ha llevado a considera buenas y otras no. El cúmulo de acciones que hemos observado de esa persona nos conduce a creer que hay algo en ella, al margen de las acciones, un cierto carácter o êthos que es, a su vez, bondadoso, por lo que intentará siempre actuar en consecuencia. Ahora bien, sería de ingenuos creer que puede haber algún humano sobre la tierra que siempre actúe bien, que no dañe a los otros. Precisamente, estas personas que sentimos como buenas, son probablemente más conscientes de que el humano es el ser deseante porque es el ser carente. Desea la completitud que su carencia le niega, es decir, su finitud, su fragilidad, su volatilidad, su egoísmo. En este sentido ser bueno, no es ser perfecto, sino ser profundamente humano con las carencias y la codependencia entre unos y otros.

Concluyendo, aunque lo inmediatamente susceptible de juicio moral sea una acción efectuada por un sujeto, la experiencia, el estar existiendo junto a otros, nos induce a creer que hay personas básicamente buenas, aunque no infalibles. En ellas podemos confiar, porque creemos que intencionadamente no nos harán daño si pueden evitarlo. Tenemos pues un carácter bueno que se ha forjado a base de realizar acciones buenas, y que los demás perciben como honesto, confiable y con buena voluntad -aunque de facto nada de esto sea observable-.

Como dijera Antonio Machado en su Autorretrato:

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

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