La idolatría, el Papa tratado como un dios.

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La visita del Papa León XIV a España está siendo un despropósito en relación con esa línea que separa al Estado de la religión. Si pensábamos que estábamos en una democracia sustentada por un Estado aconfesional, quizás éramos unos ilusos. Hemos vuelto a sentir ese tufillo que queda como restos del franquismo en el que el Estado era declaradamente católico.

Diría que todos los medios que las instituciones públicas han puesto al servicio de esta visita han sido desproporcionados hasta el punto de que se ha llegado a identificar, como algo supuesto, que todo ciudadano español es católico. Aunque todos sabemos que esto es falso, la idolatría ha entelado el cielo de los lugares que ha pisado y se ha rendido pleitesía a un personaje asimilado a una estrella del rock o un equipo de futbol que se acabase de proclamar campeón del mundo. La puesta en escena muy similar.

¿Qué hace el Papa compareciendo en el Congreso de los diputados? A ningún otro jefe de estado cuando visita tierra española se le invita a hablar a los representantes políticos de los ciudadanos. Creo que una excepción fue Zelensky, aun que no perderé ni un segundo en explicitar las diferencias porque me parecen obvias.

¿Por qué se monta en el Palau Sant Jordi un concierto de dos horas, como “preparación” para que el Papa dirija unas palabras? Obviamente, los gritos de “Viva el Papa” se elevaban por encima de las palabras, al responder al unísono, los que oía la aclamación “viva”. ¿Qué espectáculo es ese?

El dinero público que se ha dedicado a esta visita -que desconozco cuánto es, aunque hayan contribuido empresas privadas- está manchado de absoluta hipocresía, y podía haberse destinado a las emergencias sociales que hay, o a mejorar -no ya el sueldo- sino las condiciones de espacios, materiales de las escuelas que tanto demandan los maestros.

Este viaje ha sido utilizado, por todos, empezando por los socialistas como un arma política electoralista. En algunos ha provocado ciertos temores por la línea que se ha roto, por esa confusión -intencionada- entre instituciones públicas y religiosas, ese paso atrás que ha sido experimentado como un aviso para navegantes. En Barcelona, celebramos que este falso ídolo se haya ido, al menos una numerosa proporción de ciudadanos. Esperamos no volver a vivir nada semejante: toda una ciudad paralizada a merced de un líder religioso que no puede representar al estado como tal, y el uso de instituciones públicas y del dinero de todos para sufragar los gastos de una visita semejante.

Ahora, las iglesias volverán a estar vacías, como ha sido así progresivamente desde hace años, y me pregunto dónde quedan los fervores de esos fanáticos que adoran a un humano por un cargo, inventado por humanos, como si fuese un dios.  

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