Estas letras no constituyen reseña alguna, porque lo que no está articulado exclusivamente por y para la racionalidad, no se deja reseñar sensu stricto, como es el caso de las obras a las que nos referimos en este escrito.
Desde el momento en que alguien se aproxima y se queda enredado con Ariadna y Antígona, hasta que su digestión permite elevarse dionisiacamente, se percibe que se ha acercado a ellas a través de la mirada de Ricardo Espinoza Lolas.
Ariadna deviene aquella que mediante el baile con Dionisio nos anima a aceptar el laberinto del que debemos salir-entrar a lo largo de la vida. Y esto, porque quien cree que no se halla laberínticamente viviendo, tal vez esté muriéndose. Nos escapamos del laberinto sigilosamente y sin ser vistos, o eso creemos, con esa distancia que, parece sostenemos pero que vuelve a precipitarnos por los recovecos del dédalo, nos hace volver para experimentar que siempre podemos volver a salir.
Estamos perdidos en una diversidad de laberintos: nuestra conciencia, la estructura capitalista que todo lo atraviesa, las creencias que nos sostienen impunes ante la culpa, y un sinfín de engaños que usamos para sostener la vida. Sin apercibirnos que es esa trampa laberíntica la que nos hace anhelar lo que nos lleva a la nada.
“En esta lectura, es la propia textura material de los textos (…) que se articula con la materialidad de una época, esto, es, en nuestro caso, el capitalismo actual (el cristianismo nihilista en la época de Nietzsche) en sus versiones tóxicas que nos enferman y nos encierran y pierden en este laberinto.”[1]
Así, Ariadna es la distancia que mediante el laberinto se acerca y se aleja -bailando- como si su lugar natural fuese ese laberinto que ha incorporado como un baile que expresa lo humano mismo.
Con Antígona, Espinoza Lolas releyendo la de Sófocles y Eurípides principalmente, logra que emerja como el amor que se materializa en lo real y en lo humano, como un amor extenso, y que desde la perspectiva queer es femenino y no binario -por eso queer.
Tenemos la distancia bailarina en el laberinto y el amor en toda su materialidad real, y un factor común que nos muestra cómo está concebida la vida para los griegos y, hoy para nosotros, si no querernos vernos sometidos al órdago de quienes dominan: Dionisio. Es decir, el dios de la vida, en consecuencia, del placer y del dolor que “bailando” con Apolo -la luz que todo ilumina- nos proporcionan cierta comprensión del misterio del humano. Y, en esta, los excesos y lo déficits gozando del placer y padeciendo dolor, que nos llevan con Antígona a decir sí a la vida y no a la vida, a oscilar, a ser paradójicos y a atrapar el hilo del laberinto ariadneo que nos permite fluir desde lo no-limitado y en lo no-limitado, como materialización de esa vida humana.
“El dios Diónysos es la mezcla, la mezcla por excelencia contra todo límite, es lo transgresor mismo del límite (su demolición necesaria), es el dios de las grandes contradicciones, por llamarlas de alguna manera (…)”[2]
No hay posible comprensión del mito y de la tragedia sin aprehender, intuir cómo la presencia del dios Dionisio se materializa en ambas, como quien baila con Ariadna y le cede el timón de ese vaivén que constituye lo real, y con Antígona que se manifiesta como la transgresora de lo que nos oprime y que por su inspiración y absorción de lo dionisiaco se libera, y no se libera, ya que quien no se somete a límite alguno no tiene de qué liberarse -ella siempre paradójica-
En definitiva, leer las obras de la trilogía de lo femenino -faltaría aquí Lou, una interpretación teatral, que no he tenido ocasión de leer- de Ricardo Espinoza Lolas consiste en revivirse, renovarse mediante una lectura que es materialmente experiencia, y por qué no decirlo, una forma de filosofar a martillazos que nos lleva a saltar de un brinco y acompasarnos tras este en el baile que conduce Ricardo.
“Ese baile, esa atemperación a distancia, entre todos los momentos de la physis, expresa a Diónysos y a Ariadna. Y es propio de la tragedia, es como su forma, en ese movimiento, en esa declamación de los hexámetros, en esos vestuarios, en las máscaras, en la orquesta, en el coro, en sus diálogos y monólogos: todo es un baile corporal.”[3]
[1] Espinoza Lolas, R. Ariadna. Una interpretación queer. Ed. Herder 2023. Barcelona. Pg. 54.
[2] Espinoza Lolas, R. Antígona. Una interpretación dionisiaca. Ed. Herder. Barcelona 2026. Pg. 100.
[3] Ibid. Pg. 129
