La determinación que, a menudo, expresamos no se ajusta siempre con lo que, tras esas prolijas manifestaciones, hacemos. Esta dislocación debe ser entendida como una incapacidad compleja para actuar como desearíamos inmersos en los diversos contextos. De lo contrario, emerge la culpa como una sigilosa serpiente que nos acaba mordisqueando con ahínco.
La incapacidad compleja a la que hacía referencia consiste en sentirse superado por la voracidad de determinados agentes externos, y por la propia inseguridad que nos atraviesa cuando lo que notamos es la impotencia de actuar ante…y nos limitamos a reaccionar ante…
Es relevante que sepamos identificar la naturaleza de nuestro “hacer”, ya que, si no, en lugar de reconocernos incapaces, nos sentiremos malvados y con esta condición la culpa de no actuar como deseábamos hacerlo, por haber sucumbido a la potencia de la ira desbocada de esos agentes externos que, más que interactuar, se avalancha sobre nosotros para alistarnos en su posición.
Solo podemos asumir la responsabilidad de lo que llevamos a cabo con intención -aquí Kant supo deslindar esa sutileza- y lo que nos vemos arrastrados a hacer ante la sensación de vernos abrumados por un huracán iracundo.
A menudo somos incapaces, no malvados. Y esta diferenciación es crucial para despojarnos de una culpa que no responde en ningún aspecto a nuestra intención, nuestro deseo. Ser justo con uno mismo es un gesto de amor propio, y una liberación de la tendencia a sellar con la culpa lo que hacemos o no, en situaciones que nos superan por inesperadas o desproporcionadas.
