Quien preserva su historia posee un relato de partida que le sirve para dirimir en qué sentido quiere virar o continuar. Esta historia no constituye una narración única, ni cerrada sobre el pasado. Es la reconstrucción que cada sujeto hace de su experiencia a partir de sucesos y acontecimientos. Sabemos que, si contrastamos el contenido con otro sujeto que, en principio, haya compartido algún momento de esa historia, podemos hallarnos con dos relatos bien distintos. Esto evidencia que la historia de la que solemos hablar se desparrama en una diversidad de vivencias que, a menudo, impiden dar con una pretendida objetividad que, ni es propia de discursos en los que está imbricada la vivencia, ni si lo analizamos con rigurosidad de ninguna otra ciencia, excepto de la matemática que no es más que un lenguaje formal.
Aquí entra en juego la función que el lenguaje tiene en nuestra construcción como sujetos. Lacan vislumbró claramente que el lenguaje del otro, que nos atraviesa, es la estructura mediante la que nos constituimos. En otras palabras, la cadena de significantes que nos atribuyen los otros para decirnos, más la que ellos recibieron y yendo más lejos -o más cerca- el Otro cultural que se eleva como una tela de araña en la que estamos interconectados por un lenguaje que nos sitúa a unos respecto de los otros y con los otros. Decía Lacan: «el significante representa al sujeto para otro significante[1]» es decir, el lenguaje nos habita y nos define de manera estructural.
Esta aportación de Lacan respecto del lenguaje nos permite entender, entre otras muchas cuestiones, el porqué nuestra forma de relatar nuestra historia está sometido al lenguaje del otro y a cómo nuestras emociones solemos nombrarlas tal y como han sido nombradas por otros. El gran desafío para todo sujeto es ser consciente del acervo recibido y buscar los significantes que más reflejen nuestro deseo, nuestro auténtico ser antes de ser sujeto humano, ya que el deseo no puede ser negado o eliminado sino recubierto con significantes que lo escondan. Recuperar y rebuscar el propio deseo es una especie de culminación de nuestra construcción como sujetos. Así, la historia personal, esa de la que no cabe desprenderse -como ese otro cultural- se desvela como el intento de construirse a uno mismo salvando el deseo propio. De ahí, también, que las historias sean diversas, y a menudo explicadas sobre un mismo fenómeno parezcan contrapuestas, o sencillamente que hablan de otra situación
[1] Lacan, J. Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964) Editorial Paidós.
