El abismo es el límite en el que algunos retroceden para recuperar la vida, otros lo abrazan.
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Venimos a existir sin nada, necesitados de mucho para poder vivir.
A quien solo le acalla el miedo se difumina en la masa que se le antoja como un escudo protector. Aunque me temo que la tecnología ha roto en gran medida el anonimato.
Quien entiende los sucesos como señales, necesita simbolizar el acontecer para convertir su vida en un relato coherente.
Si no hay re-conocimiento, es decir identificación de lo ya conocido, no cabe esperar progresos ni en los vínculos con otros, ni en el aprendizaje, ni en tarea alguna.
Mientras reste acontecer, hay decir; ya que nunca se agota el logos que intenta atrapar la vida para exhibirla sin ambages.
El desatino en el vivir puede que sea un síntoma de desapego a una existencia ominosa.
El humano existe y se muestra en sus acciones, tal vez el único contínuum que nos identifica.
No hay práctica más nociva que hundirse en el fango de lo más deleznablemente humano. Al extraer algo la mirada prefieres retornar a las profundidades de la inquietud existencial, que proseguir inundada de maldad.
Existir es deslizarse por una ciénaga grisácea, sin resortes estables, sin certezas; es, por tanto, un desafío, un reto a la voluntad y al coraje de dar forma a la existencia a riesgo de no atisbar ni un ápice de vida.