Si en un corazón no cicatrizado derramas aceite hirviendo, estás vertiendo los mismos ácidos que ya lo desfiguraron antaño.
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Cuando las palabras ajenas te invalidan, acaso no sea el otro más que siervo de su propia miopía.
Somos tan miserables que incluso ante quien nos reclama ayuda nos acabamos emborrachando de vanidad.
Quien no se ve capaz de afrontar los escasísimos momentos decisivos de la vida, tiembla permanentemente solo de pensarlos.
Ser inquilino de la vida es una suerte de desapego pavoroso que induce a la frivolidad.
Excede de nuestro manto externo tanta impostura y política de corrección que puestos a rebuscar no sabemos qué restará de nosotros.
La soledad es la sombra que nos persigue, de la que no podemos zafarnos, y que con su presencia umbría nos recuerda que solo nos quedará ella.
Voces que declaman en silencio la atrocidad de la injusticia: rostros negros o cenizos, miradas que no pestañean porque no tienen nada que ocultar.
Clarea el cielo, cesa la lluvia despunta el sol; pero hay tormentas que no se despejan con esa sabia cadencia, sino que faltas de logos que las torne comprensibles continúan convulsas, amenazantes y casi infinitas.
“Hay puertas que no se pueden cerrar de un portazo” Handke