La alteridad exige la impostura, porque nadie puede mostrarse ingenuamente sin disfraz, a menos que asuma el riesgo de ser vituperado y humillado.
Quien renuncia a ser el mejor, para ser sencillamente uno mismo, supera su vanidad resguardando lo auténtico y genuino como valor esencial. Así, siendo único deviene la mejor versión de sí mismo.
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El perdón se dice con palabras, pero solo puede otorgarse desde el sentir aciago.
Asemejamos la manifestación de emociones a una humillación de nuestra dignidad que nos pervierte, desnudando la intimidad donde se halla rebujada esa fragilidad despreciada. Y una vez trasparentado quién somos, resulta una quimera la restitución de nuestra persona, no tan solo a la vista ajena, sino a la mirada propia.
Nos atenaza el vértigo generado por la separación. Esa marcha ineludible pactada, implícitamente, de antemano. Porque habiendo partido hacia ningún lugar propio, culebrean nuestras entrañas al pensar quién nos añora y ansía regresarnos. Si nadie se siente morir tras nuestra marcha, para quién existimos y quién dará cuenta de nosotros en la despedida final, durante
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Alardear de la propia excelencia evidencia la escasez de virtud.