Nuestra consciencia lidia por sustentar un relato coherente que nos permita dormir. Y es, ese estado, precisamente el que boicotea todo el afán, sacudiendo las falsas raíces del decir premeditado. Los sueños, como representaciones espontáneas de la mente, constituyen la voladura de todo discurso ajeno a las profundidades del yo. El soñar es, a veces,
Nada más certero que la impotencia que se deriva del amor genuino, porque donde el otro se ha diferenciado como tal, la distancia exigida solo nos permite la tenue consolación de acompañar, estar en disposición, pero nunca interferir sin ser requeridos por el ser amado, aunque éste sea una extensión, en su origen, de las
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Poco queda decir sobre la sentencia dictada en el juicio a la Manada, cuando apenas han transcurrido veinticuatro horas, porque la explosión social que ha provocado llenó plazas y calles de muchas ciudades del Estado. Quizás, podamos sugerir que la víctima ha tenido una defensa “dudosa”, atendiendo a las declaraciones de la misma durante el
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Erigirse en juez de lo otro, desvela la falta de autoconciencia.
Disponemos de un ápice, apenas, del vivir, ensombrecidos por la introyección de un paradigma inmensurable. No somos el despojo de lo idealizado, ni su encarnación, sino el humano tránsito de una naturaleza controvertida.
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Si restamos subyugados a lo políticamente correcto, contribuimos a engrosar la masa anónima que legitima el estatus quo. Así, ni somos ni seremos; porque solo desde el impulso de un sujeto singular, con querer y criterio, se edifica una sociedad al servicio de los que la componen.
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