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Las despedidas son siempre interrogantes  que merodean por el miedo oculto de que esta sea definitiva, por abandono o por imperativo externo. Los modos formales de afrontarlas son diversos según las capacidades de manejo impostado de los sujetos, pero hay un lugar común y universal que es el temor a que no se produzca el reencuentro. Esta añoranza y melancolía que se gestan desde el momento del adiós, tiñen el interior de nostalgia que marca ese vacío por el que verteríamos lágrimas al no poderlo llenar. Nadie llena el lugar de nadie, hay lugares que se tornan yermos por siempre.