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Cuando en el SV.a.c Sócrates expresó su temor, a través del mito egipcio de Toth, de las posibles consecuencias negativas que podría traer consigo la universalización de la escritura, estaba ejerciendo, una vez más, es papel de abogado del diablo que tanta impopularidad le reportó. Lo que temía no era tanto el declive de la memoria sino de la capacidad de diálogo, y esto en griego significa de la capacidad de razonar y argumentar. Aducía que si los hombres confían su saber al lenguaje escrito, se limitarán a reproducir los razonamientos de otros, resquebrajándose la posibilidad de diálogo alguno, ni por tanto de desarrollo de la indagación y el pensamiento humano en la búsqueda de la verdad. Lo dicho, dicho estará, y ahí darán la mayoría por escrita la verdad. Por este motivo su alumno Platón fiel y sensible a las inquietudes de su maestro cultivó un género literario que fueron los diálogos donde nunca se dio ninguna cuestión por resuelta definitivamente, sino siempre cuestiones repensadas de una u otra forma en diálogos posteriores. Parecía de ésta manera que los temores socráticos quedaban superados.

Diríamos que Toth es hoy el gran dios de la tecnología que ha puesto en nuestras manos internet, y que nos ha seducido por las evidentes ventajas, comodidades y cambios en las formas de vida que comporta. Pero, como en todas las épocas, hay algún “socrátillo” pisándose las barbas, que aunque bien “sabe que no sabe nada” es más listo que el….”. Y, ocioso como vive, le ha dado por pensar que tanta maravilla mediática debe servir a los intereses de algún diablillo brabucón que debe estarse frotando las manos con nuestro encantamiento. Así pues, como ya hizo en su época, se está preguntando si tanta información del golpe, tal empacho, tanto byte a borbotones expelido por las orejas no nos estará sentando algo mal. Aunque sea solo un poquito.

Yo que tengo cierta debilidad por el gran maestro me siento a escucharle y asiento en algunos momentos,  emocionada y regocijada porque constato que la preocupación principal sigue siendo la misma: que internet no diluya la capacidad de pensar, de analizar, de ser críticos, de argumentar….clásica preocupación después de todo, la de los hombres post-insdustriales.

Ahora bien, si nuestra época tiene algún reto propio es que entiendo que nunca ha sido tan difícil trabajar estas aptitudes. A pesar de que podamos minimizar los contenidos porque la facilidad de acceder a la información nos lo permite, es mucho más difícil educar aptitudes y capacidades que enseñar contenidos. Sobre todo, cuando caemos en el graso error de creer que podemos llegar a educar esas aptitudes prescindiendo de todo contenido proporcionado por el profesor, y educar directamente las capacidades en bruto. Éste me recuerda al error, muy extendido hace años que aún perdura, que sostenía que los valores se enseñan, al margen de las materias. Después de años llegué a la conclusión de que los valores se transmiten minuto a minuto con tu trato a los alumnos, con tu ejemplo, y con las intervenciones que tú haces en el aulas ante de terminadas actitudes de los alumnos, momento en el que sí vale la pena hacer una reflexión sobre la acción, la actitud y el valor que subyace. Los discursos sobre los valores para nuestros alumnos caducaron hace años, más teniendo en cuenta que además las Instituciones educativas somos altamente incoherentes.

Volviendo a la cuestión que nos ocupa, apuesto, haciéndome eco de la inquietud de Sócrates,  por una educación que minimice y priorice muy bien los contenidos que servirán de plataforma imprescindible para educar las aptitudes y capacidades que permitan a los alumnos el uso crítico y responsable de las nuevas tecnología. Para que estas sean un instrumento de su desarrollo profesional y personal, y no para que  los alumnos –como ya ocurre con muchos ciudadanos- se conviertan en instrumentos manipulables de la nuevas tecnología, o mejor dicho, de los intereses económicos que se esconden detrás.

 

Como dios de la escritura, era el inventor de todas las palabras, del lenguaje articulado

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