Etiquetas

Hay quien asegura que el límite relevante con el que nos topamos los humanos es la muerte. Esta barrera infranqueable nos lleva a la búsqueda, siempre insatisfecha, de un sentido que nos permita vivir la vida, y no dejar pasar la vida.  La doble actitud vital, que se deriva de la ausencia o no de sentido, viene, a mi entender, determinada por otro límite de mayor incidencia que el de la misma muerte: El dolor.

Parece procedente dar cuenta en este instante de qué es eso que denominamos dolor. Aquí, como siempre, el lenguaje nos permite aproximarnos a una experiencia que difícilmente puede ser reproducida lingüísticamente sin caer en el reduccionismo, el simplismo y la falta por tanto de veracidad. Salvando este escollo universal a toda cuestión que pueda ser planteada, intentaré recurriendo a estrategias lingüísticas trascender los límites del propio lenguaje, para acceder en algo a esa experiencia limitadora que denominamos dolor.

Desde antiguo se definió el dolor como la ausencia de placer, pero entiendo que es una forma muy benévola de dar cuenta de esa experiencia. Quien no siente placer, puede vivir dejando pasar la vida con la indiferencia del que casi no siente nada. Sería un estado de apatía, que ciertamente nos impide vivir la vida, pero nos convierte en observadores casi neutros de su transcurso. Quien se ve a sí mismo desde fuera, como si fuera otro, no se vive.  Así, ahondar en el dolor implica ser capaces de visualizar la intensidad de un sentir que consume, que desgasta y que anula finalmente toda posibilidad de vivir dignamente o dicho de otra forma vivir la vida.

Aunque la naturaleza del dolor pueda ser física o psíquica, me atrevería a decir que en última instancia el dolor como experiencia degradante acaba derivando siempre en un padecer mental, que hace a su vez insoportable el dolor físico. Quien padece dolor físico y se ve limitado por ello en sus posibilidades y su querer, acaba siendo víctima de un dolor mayor, el de no querer la vida tal y como se le presenta.

En este sentido la preocupación por el dolor nos remite siempre al dolor psíquico del que somos presas y del que es difícil zafarse. Así pues entendiendo el dolor como ese sentir intenso y agudo que nos perfora por dentro y nos deshumaniza, que nos niega la dignidad en el vivir y el mismo querer vivir, sólo nos queda justificar que es él, el verdadero límite que nos lleva a la búsqueda de un sentido.

Antes mencionaba que hay quien deja pasar la vida como un espectador de sí mismo, ahora además afirmo que el nihilismo en el que están asentados no les permite buscar sentido alguno. Esto no significa que no hayan desarrollado estrategias de supervivencia, sino que la estrategia se ha convertido en el fin, y su apatía les sostiene.

El dolor es un problema para aquellos que sienten, para los que en algún momento aspiraban a vivir la vida, y ésta les ha devuelto un reto elevadísimo: vivir la vida a pesar de que vivir implique sufrir.  Un sufrir en los términos aquí mencionados, como un dolor que degrada y deshumaniza –y que se manifiesta siempre y al final como dolor mental- De aquí se deriva la necesidad de un sentido que nos permita vivir.

Existe para mí un pensador que constituye un referente en la reflexión sobre el dolor humano, Nietzsche. En primer lugar porque creo que lo masticó sin reservas, y en segundo lugar porque su lectura me ha sugerido siempre que la preocupación que subyace a toda su filosofía es ese diálogo humano con el dolor, diálogo que a menudo se convierte en tensión insostenible. Para él quien aspira a vivir la vida sin dolor, está negando la vida misma. Debería quizás presentar un reclamo a la oficina del consumidor porque no hay vida sin dolor. Querer vivir implica querer la vida tal y como es, con sus aspectos benévolos y sus aspectos más oscuros e insoportables.  Los que dejan pasar la vida, los nihilistas fracasados son humanos, excesivamente humanos y en este sentido limitados en nuestra capacidad de sostener lo que se nos antoja insostenible. Los que queriendo vivir la vida se hunde en el fango movedizo del dolor son también humanos, demasiado humanos. ¿Hay humanos que puedan vivir la vida, pues? Algunos sí, los que realmente apuesten por ella y desarrollen la fortaleza de afrontar lo que puede resultarnos a muchos insoportable.  Se supone que esto exige situarse por encima del bien y del mal, más allá de la vida misma, vivirla, sin que te viva, de algún modo.  Mirándola de frente y afirmándola como el único sentido final, la vida por sí misma, sin lenitivos que nos consuelen. Esta forma de afrontar la vida sin sentido, en sí misma puede parecernos una tarea de héroes, pero querría hacer algunas matizaciones al respecto que sirvan quizás para entender la perspectiva nietzscheana.

Si vivir la vida implica desdibujarla, velar una parte de ella, podemos auto engañarnos y creer que estamos viviéndola; pero ¿no estaríamos ajustando la vida a lo que nosotros consideramos soportable y por tanto negando la vida tal y como se nos presenta? Además los que han vivido una experiencia intensa de dolor son conscientes de que la negación de la experiencia solo les ha llevado a la infelicidad, porque nada pasado puede ser borrado como si no hubiera existido y lo presente negado nos llevaría a la enfermedad mental. De esta manera la propuesta que Nietzsche nos hace de forma quizás algo apocalíptica, esconde en su trasfondo algo sugerente como mínimo: vive la vida –con lo que ella conlleva- porque no hay otra opción de vivirla plenamente; si no, puedes no vivirla en el sentido de ser un apático nihilista y, en tercer lugar, puedes considerar la posibilidad de que nadie está obligado a vivir la vida. Mi vida, la de cada uno, es un hecho biológico que acontece por la convergencia de factores diversos, es un azar. Siendo así, y teniendo en cuenta que el que la vive es el sujeto que la padece, es legítimo optar por no vivirla si ello se hace insostenible.

Los humanos chocamos con un límite difícil de superar –y al que no parece que se enfrente los animales- y es vivir una VIDA  sin sentido más allá de ella misma, a la que urgidos por el dolor buscamos sentidos que nos la hagan más soportable. Algunos la cogerán entre sus manos, la mirarán a los ojos y le dirán: aquí estoy yo; otros con la certeza de la muerte esperarán que llegue el momento –los nihilistas-; y otros tomarán la decisión de dimitir de la vida…para descansar en paz.

Cualquier opción es legítima porque los humanos hacemos lo que podemos y menos veces lo que queremos….