Etiquetas

Quien se formula semejante cuestión,  usando la elasticidad del lenguaje,  para suscitar sutilmente la disparatada idea en sus interlocutores de que tal vez no haya límites, está iniciando un juego arriesgado. Podríamos hacer una  la lectura benévola y ver  en la pregunta un quiebro sugerente, por cuanto puede estimular el esfuerzo personal en la consecución de fines que, a veces por falta de confianza,  los consideramos inalcanzables. Esta es tal vez la visión que Josef  Ajram da en su obra¿Dónde está el límite?, al cual considero admirable en cuanto encarna esa capacidad de superación personal que expone en su libro. Sin ningún ánimo de hacerle difusión –que no la necesita y menos por mi parte- sino porque coincidí con él en el centro educativo donde estudio y es, para la tranquilidad de espíritu de los docentes, una muestra más de que la potencialidad de los chavales es siempre algo que se nos escapa, y que hacer un dictamen de lo que un alumno podrá o no realizar a lo largo de su vida es poco menos que de megalómanos.

Otra lectura, más rigurosa, implica aceptar la existencia de límites por el mero hecho de formularnos la cuestión. La noción de límite, de barrera o de algo insuperable exige la presencia empírica de acontecimientos en los que hemos topado frontalmente con ellos. Los humanos sentimos las limitaciones físicas de entrada, esas imposiciones que vienes dadas por la manera de existir como hombres, al igual que los perros se topan con el modo de ser perros, aunque no hagan de ello un problema. Estas limitaciones básicas o de índole natural las compensamos, en la medida en que podemos,  con los artefactos o invenciones culturales. Ahora bien, existen otro tipo de límites que son los que, de hecho, más sufrimiento provocan a los individuos, porque son los límites que nos singularizan, que nos pertenecen, que nos configuran, que nos señalan y nos hacen únicos.  De estos nos ocuparemos aquí y para distinguirlos de cualquier otro los denominaremos los límites generatrices.

Constatar a lo largo de la propia biografía que tenemos determinadas carencias porque no dispusimos de ciertas oportunidades o sufrimos ciertas circunstancias no siempre es fácil, pero es un gesto que establece las bases para asumir los límites generatrices, que por su naturaleza no tan solo nos marcan aquello de lo que adolecemos sino que gestan, en consecuencia, también lo que somos. De la misma manera que la falta de uno de los cinco sentidos desarrolla con más intensidad los otros, las dificultades o limitaciones con los que vamos generando nuestra personalidad van dotándonos de otros recursos que compensan y equilibran esas carencias.

Existen además límites generatrices que sobrevienen se forma súbita o tal vez menos progresiva a los cuales también debemos dar respuesta. Una respuesta lo más benévola posible para nosotros mismos. Un accidente de tráfico con secuelas irreversibles, una enfermedad degenerativa, una enfermedad crónica y con deterioro progresivo,…Ante tales circunstancias los límites son más obvios, si cabe. No obstante, si por algo nos caracterizamos los humanos es por la capacidad de traspasar los límites, mientras tengamos la convicción de que en la mente está el límite. Si mi mente es capaz de sentir y pensar, yo sigo siendo yo, a partir de ahí ya decidiré que hago conmigo mismo y cómo los demás me pueden ayudar a sostener mi identidad con la mayor integridad posible. La mente es el reducto donde se puede desintegrar mi yo. En ocasiones ese es el límite sagrado a proteger.