Etiquetas

La incomunicación entre las personas puede producirse por diversos motivos. Creo que el factor común sería la falta de voluntad de que ese contacto se produzca, bien porque interesa mantener vivo un determinado conflicto, bien porque no  parece políticamente correcto reconocer la existencia de un enfrentamiento latente, que ya es más que patente. Sobre todo cuando los medios de comunicación organizan debates equilibrando -¿por casualidad?- La balanza de unos y otros oponentes. No obstante, parece cierto que las divisiones ideológicas tajantes tienen bastante de artificial, pero los menosprecios y ninguneos entre unos y otros pueden acabar fortaleciendo los lazos entre los individuos que sienten que deben alinearse a una u otra posición.

Situaciones como estas que describo se han dado miles de veces a lo largo de la historia. Cada uno de nosotros puede haber experimentado en propia carne alguna. E incluso el hecho de que verbalizarlas suponga la muerte del mensajero, como si operara en el imaginario colectivo –inducidos por el líder seductor y manipulador- que hay verdades que no deben ser dichas porque rompen los sueños. Y profundizando nos apercibimos que los sueños nunca son colectivos, sino imposiciones ideológicas con fines nunca explícitos. El lema implícito que merma a cada sujeto es: estás conmigo o estás contra mí.

Desgraciadamente estás situaciones son más comunes de lo que pensamos y se dan en cualquier espectro de las ideologías o actividades humanas. Lo que más entristece es que la manera de gestionar  el trabajo de los profesionales de una determinada ocupación va en contra de los objetivos de la propia comunidad laboral. Sería como concienciar a los médicos de que lo prioritario es el rendimiento económico y no la salud de las personas. Seguro que encontraríamos otros ejemplos escabrosos.

Que una comunidad de profesionales se relacione y funcione entre sí con artimañas, engaños y atendiendo a lo que es políticamente correcto, en lugar de poner como prioridad irrenunciable aquello que justifica su profesión, la deslegitima y la hace trizas, hasta el punto de cuestionarnos su existencia como corporación.

Podemos aceptar la miseria de ser miserables, pero siempre nos cuestionará la mirada ingenua e inocente de algún alumno que demandará: ¿por qué no tenemos pizarra, estoy harto de ordenador? ¡Profe!!! Aquellos dos se van al patio todo el rato y así no hay quien avance. O tal vez, vale profe calle ya, que nosotros lo buscamos,…aunque anegados en el mar digital ves a saber qué encuentran.  A todos se nos ve el plumero al final, lo cual no significa que se nos pueda encajar sin que nos expresemos en un determinado encuadre. Cuando eso ocurre me empiezan a revolotear las alas de ansiedad.