Disoluciones del pensar

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Rastreando las antiguallas de este blog, he dado con un artículo del año 2016 que salió recogido en la web de la editorial Fragmenta  en relación a la publicación de “La prosa de la vida. Fragmentos filosóficos II” de Joan-Carles Mèlich.

El post mencionado, “La fragmentación del pensamiento filosófico” https://filosofiadelreconocimiento.com/2016/10/07/la-fragmentacio-del-pensamiento-filosofico/ aludía a la exigencia de la segmentación del pensar la existencia, como consecuencia de su naturaleza diversa.

Esta idea, que como punto de referencia sigue pareciéndome válido, requiere hoy de una cierta crítica que libere a esta concepción de la trampa arrojada por el denominado pensamiento único. 

Paradójicamente, la imposición sibilina y como subterfugio de un determinado imperativo socio-económico –como es el neoliberalismo base del neocapitalismo- se sirve de un alegato a lo diverso, que siendo políticamente correcto, puede conectar con las aspiraciones individualistas que requieren el auto-reconocimiento  como el único referente legítimo. Y esto, porque allí donde se da una ausencia de modelos compartidos es imprescindible la comunión casi religiosa –que re-ligue- con el oxímoron absoluto/relativo como es el respeto a lo singular, diverso, y único que acontece en cada sujeto. De esta forma, la disgregación no es auténtica diversidad, sino una estrategia de diversificación de necesidades que multiplique los posibles consumidores. Lo relevante, lo significativo no es el reconocimiento del derecho a ser único, distinto, sino cómo esa atomización de lo existente aumenta la capacidad de crecimiento del mercado.

Esta reflexión, debería mantenernos en alerta sobre la inercia que se ha establecido en nuestras sociedades opulentas a reconvertir lo anecdótico en sustancial, con el propósito de disgregar, a modo de impostación, un mundo, que es ciertamente diverso pero, que no necesita de una infinita gama de sustantivaciones para reconocer lo propio de cada grupúsculo.

De lo contrario, la fragmentación del pensar estaría padeciendo una disolución de tal envergadura que, por desconexión de lo que une lógicamente al acto de razonar, ya no sería crítica ni propiamente raciocinio, sino un conjunto de ideas deslavazadas contra las que nada resta en entredicho, porque no poseen la capacidad de representar lo diverso en su conjunto, y por tanto, devienen elásticamente acríticas y sin resquicio de análisis de lo que se da.

Este inconsciente colectivo -casi de naturaleza junguiano- estaría sometido a una voluntad ciega de autoafirmarse que acabaría  siendo sometida por esa otra voluntad que tiene por objeto el interés propio y opera con una intencionalidad egoísta y demoledora de todo cuanto se oponga a su libre expansión; es decir el querer crematístico de las grandes corporaciones internacionales que manejan los hilos de una sociedad que se cree, ingenuamente, reconocida por lo que es.

 

 

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