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Cuando nos sentamos ante un papel –o pantalla- en blanco, no siempre vemos nítidamente lo que queremos escribir. Sentimos compulsiones que nos harían verter contenidos irracionales, e inmediatamente un sensor de autodominio que nos contiene. Tal vez la pasión sea siempre enemiga de la reflexión, pero también es cierto que la reflexión sin pasión carece de convicción y fuerza, es como una especie de letanía hueca.

Siempre existe el justo medio, o el punto de equilibrio adecuado, al que aspiramos cuando procedemos a formular algo con cierta consistencia.  Aunque no sea siempre fácil ceñirse a él cuando el objeto de disquisición es de alto voltaje emocional.

Pienso en las contradicciones que todos plasmamos y observamos cotidianamente entre lo que decimos y lo que hacemos. El decir es casi cuestión de habilidad dialéctica, para poder construir un todo compacto y sólido que no admita fisuras. Además algunos poseen la habilidad de la retórica que edulcora el discurso y nos hace sucumbir ante él. Después vienen los hechos, lo que de facto pueden observar los demás, y aquí crujen los cimientos del discurso tan bien compactado. Es entonces, cuando entre el decir y el actuar se producen incoherencias, que se desmorona la posibilidad de creer en quien se muestra evidenciado por los hechos. La palabra se vacía, las acciones dañan y la credibilidad imposibilita relaciones futuras.

Todos caemos en contradicciones, es fácil decir lo que se debe y hacer lo que se puede. Pero creo que hay un matiz -que no es sólo un matiz- que distingue a unos de otros: los hay que dicen lo que saben que obliga, compromete y, a la postre, somete y hacen lo que satisface los auténticos intereses que le mueven. Otros sólo son impotentes. La diferencia es pues la voluntad de engañar con fines ocultos. La voluntad de convencer al otro de que lo mejor es lo bueno, aunque a menudo lo mejor sea enemigo de lo bueno. Y después, por supuesto actuar por razones nunca explicitadas.

Por eso, entiendo que la honestidad es siempre necesaria, aunque nuestras palabras no concuerden con los hechos, la transparencia y la honradez pueden mitigar siempre el daño que de forma involuntaria infligimos a los otros.