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Si escribir es un acto estético-ético, el compromiso del escritor se ha establecido en primer orden consigo mismo: debiera ser el arte de manifestar las contradicciones de su yo, y de su siendo con lo ajeno. Ahora bien, quien percibe la escritura como un arte sin raíces, puede aceptar cualquier uso o finalidad que de él se haga.

Solo cabe preguntarnos entonces, si una actividad que se agota en sí misma puede ser arte.