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Hay cuestiones candentes en la vida social y política que, de tan manoseadas, han pasado a provocar la saciedad y la indiferencia. Existe un cierto empacho de temas recurrentes que parecen hallarse en un círculo vicioso sin ninguna perspectiva de salir de él: la salud democrática, la corrupción política, la educación, la sanidad, el problema de los refugiados, la inmigración, el paro y la precariedad laboral, la nueva pobreza emergente,…todos ellos, cabe decirlo, oxidados por un conjunto de ineptos cuya voluntad no ha sido nunca la de remediar los distintos asuntos. Antes bien, parece que el hecho de crear lianas cada vez más anudadas, sin contar con los especialistas que podían aportar posibles soluciones, era su estrategia para obtener réditos políticos o económicos que nada tienen que ver con el  interés general. De esta forma la decepción, la impotencia se extiende sobre los ciudadanos  hasta conseguir su desmovilización ante lo que pasan a ser “causas perdidas”. Se diluye el debate público porque la sociedad civil considera inútil el hablar con políticos que no saben qué es el diálogo, sino solo la confrontación sucia y el espectáculo para que cada uno siga haciendo lo que le convenga. La sociedad no cree en los políticos y deja en el fondo de contar con ellos.

Por eso, ante urgencias inminentes, se organizan los ciudadanos de base y consiguen paliar el sufrimiento extremo de muchos ciudadanos a los que la política nunca daría respuesta, porque está hoy muy lejos de aquellos a los que dice representar con una burocracia mediática cada vez más absurda. ¿Qué sería y hubiera sido de muchas de las personas más maltratadas por la crisis si no hubiera habido grupos de ciudadanos reaccionando con celeridad y organizando comedores sociales, centros de ayuda que repartían comida y ropa, o incluso que cubrían las comidas de los niños que los  padres no podían asumir? U otras organizaciones de ciudadanos que han ido respondiendo como podían a las necesidades de vivienda, y pobreza energética, cuando los políticos parecían no haberse ni enterado.

Es cierto, los ciudadanos están saturados de oír hablar y ver que poco se hace para las necesidades que hay, de ahí su indiferencia. Pero por suerte -voten lo que voten después, y ese es un capítulo que dejo al margen porque mi mente no alcanza a entender, y prefiero no sacar conclusiones precipitadas- muchos de ellos no son indiferentes a los dramas y el sufrimiento humano, actúan ante él, y eso al fin y al cabo es lo que cuenta.