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A medida que transcurren los años una se afana por intentar dejar a sus hijos en herencia el secreto de la vida y de la muerte. Ni pisos, ni depósitos rentables, ni ahorros considerables en una cuenta bancaria ¿Para qué? Esos bienes materiales solo nos tientan cuando tenemos accesos crematísticos por estimulaciones capitalistas; pero, después seguimos revirando los entresijos de la existencia para entender el porqué y el para qué de tanto esfuerzo, tanto sufrir y tanto sinsentido.

El amor a los hijos te vuelve estúpidamente ingenua, y en contra de lo que la experiencia te ha mostrado tozudamente que no hay secreto que valga, algo en tu interior culebrea inquieto con la esperanza de que encontrarás esa piedra filosofal que darás bien recubierta a los que fueron tus retoños. Pero, sabes que no es más que el deseo de poseer algún arcano casi divino que dé plenitud al existir de ese par de seres, que no son tu prolongación, sino la superación de tu ser, que se agotó dándoles lo que te quedaba de vida.

Abrirán sus propias brechas en la existencia y danzarán alrededor de la muerte para poder reconocer su melodía. Se rasgarán las vestiduras para más tarde recomponerlas. Y los años serán amables con ellos y les darán el don de relativizar, para poder decir con Cioran “La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre” Admitimos hasta aquí  el aforismo. De las consecuencias de la lucidez hay diversas perspectivas.