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A propósito del veinticinco aniversario de la muerte de Freddie Mercury a causa de una bronco-neumonía sobrevenida por el virus del SIDA, desearía dedicar unas letras en memoria de las generaciones que sucumbieron a esta enfermedad simplemente por ignorancia. Por desconocimiento de la existencia del maldito virus contra el que aún, hoy en día, luchan países del tercer mundo por falta de recursos económicos para obtener los tratamientos necesarios.

En Occidente, el origen del SIDA fue un proceso vertiginoso y angustiante porque se tardó más de lo esperado en identificar qué era exactamente esa enfermedad que parecía primero una neumonía atípica, después un virus que solo afectaba a los homosexuales con el estigma moral y social que satanizó aún más esa forma de sexualidad y cuyo dictamen se mantuvo excesivamente, hasta que pudo ser identificado como un síndrome de inmunodeficiencia que se transmitía a través de los fluidos del cuerpo, con más facilidad el intercambio de fluidos en las relaciones sexuales, ya sean –y aquí se hizo trizas el estigma- relaciones homosexuales o heterosexuales.

Durante el absoluto desconocimiento del virus en el que este se fue transmitiendo más las dificultades que una vez que empezaron a aparecer casos con síntomas hubo en identificar de qué se trataba, muchos jóvenes fueron contagiándose y transmitiéndose lo que en aquel momento  sería el virus de la muerte y el ostracismo. Hubo al menos unas cuantas generaciones que fueron sacudidas con contundencia.

El SIDA se convirtió en Occidente en la lepra del siglo XX. Los que tenían el virus lo ocultaban incluso hasta a sus amigos más íntimos y familiares mientras fuera posible, por miedo a quedarse solos. El estigma de ser homosexual seguía vinculado al virus, y de forma espontánea lo primero que se ejercía mentalmente ante tal noticia de que alguien estaba infectado por el virus era un juicio moral  o una pregunta sobre la orientación sexual del sujeto –sobre todo si era hombre- En un segundo momento, si se daba la ocasión, se atendía a la salud de la persona. Muchos enfermos de SIDA acabaron muriendo abandonados por todos en casas de caridad, donde solo personas que dedicaban su vida al cuidado de personas absolutamente marginadas por la sociedad estaban dispuestas a cuidar de ellos. Y esto no es una película de los años cuarenta del siglo pasado, sino algo que sucedió a finales de siglo, ante un virus que tardó en dominar la medicina hasta poder convertirlo en una enfermedad crónica, si se coge a tiempo, y cuya connotación moral contribuyó a estigmatizarlo socialmente, a temerlo de tal modo, que hizo absolutamente comprensible que los infectados por el virus se ocultaran.

El propio  Mercury no anunció padecer la enfermedad hasta dos días antes de su muerte. Muchos murieron sin confesar más que a una persona que los estaba destrozando por dentro. El resto creyeron en otras causas.

No obstante, sigo sin tener claro que estatus tiene el SIDA hoy en nuestras sociedades. Siendo en la mayoría de casos una enfermedad crónica ¿Cómo reaccionamos ante alguien que sabemos que tiene el virus? ¿Nos alejamos por miedo al contagio? ¿Siguen viviendo cierto ostracismo? ¿Dicen los enfermos que padecen SIDA o se suman a cualquier otra enfermedad crónica menos problemática para los demás?

Por su parte, los países más pobres que padecen como una epidemia devastadora el SIDA al carecer de  dinero, no tienen derecho a la vida. Este es un anexo que se les olvidó poner en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Así, es que las industrias farmacéuticas cuyo principal fin es ganar dinero como buena industria, y muy mala farmacéutica,  no sé si se esfuerzan mucho en que las instituciones gubernamentales e internacionales ayuden a la adquisición y distribución de fármacos. Las ONG de médicos que hay varias, curiosamente, ya harían el uso pertinente.

Para acabar quiero recordar a  Freddie, Jaume, Ana, Javi, Toni, Antonio,…quienes sucumbieron al SIDA en distintas situaciones, pero espero y deseo, que todos ellos, con alguien que les diera la mano en el momento final.