Satisfechos se quedan los cerdos

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La confusión de la felicidad con la satisfacción es el engaño efímero que se comporta como un movimiento uniformemente acelerado. A medida que degustamos esa asociación interiorizamos la confusión y más anhelo tenemos de satisfacer necesidades –no básicas- con la convicción de que esa saciedad nos proporcionará felicidad.

Así, la felicidad se convierte en “algo” a satisfacer mediante la adquisición de objetos de consumo. Si vivimos según las pautas que la sociedad pone a nuestro alcance, parece que seremos felices de forma rápida y segura. La bibliografía extensa de autoayuda, las técnicas de autoconocimiento y control de las emociones, el auge de los entrenadores personales que con una ínfima formación parecen haber encontrado la piedra filosofal –ineptos los filósofos que después de años no fueron capaces de darnos una receta rápida- y tantos otros recursos de consumo, cuyos resultados son rápidos y fiables, harán de nosotros personas felices.

Ahora bien, una felicidad, como ya hemos dicho, confundida con un estado de satisfacción o contento que hace gala de la superficialidad de la sociedad que la estimula. Seguramente sacudidos los resortes de ese estado gozoso, irían sucumbiendo los trozos apedazados de un puzle nada compacto, donde el “sentirse bien” momentáneo puede llegar a convertirse en la máxima aspiración, porque el individuo haya llegado a la convicción de que ser feliz es experimentar placer, y eso es siempre algo fugaz. El riesgo de esta distorsión absoluta entre lo placentero y la felicidad es que cualquier estado hedonista conseguido por los medios que sean queda legitimado en aras de una felicidad falsa, y que puede llevar, por el contrario, al dolor en la existencia.

La felicidad, si existe algo así, no es la alegría transitoria ni el relato al que me aferro para convencerme de que debo estar contento y que los demás vean lo positivo y energético que estoy. Quizás, la felicidad sea de esos conceptos límite de los que no cabe aún decir qué es, y que tan solo podamos intuir que no-es. Se me antoja como un  antónimo al dolor no físico, anclado en las raíces del ser que surge de su contrario, no como placer sensitivo, sino como saber arraigado del que ha experimentado todo el espectro existencial.

“Prefiero ser un Sócrates insatisfecho, que un cerdo satisfecho”

J.S.Mill

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