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Los que han dedicado años a una profesión creen poseer la suficiente base empírica para extraer conclusiones generales orientativas a las que se les otorgue la validez que merecen. Esto se produce, sobre todo, en aquellos ámbitos donde a los profesionales se les exigen resultados cuantitativos que se confunden, sin pudor ni criterio, con los cualitativos. Por eso, la educación formal se presenta como un problema, porque la medida de resultados cuantitativa no es ni de lejos la esperada. Sobre la calidad, casi mejor no hablar porque la herramienta que se usa para evaluarla es un sistema burocrático que asfixia al docente, que a su vez minimiza su calidad -en cuanto merma su tiempo de dedicación para poder preparar e innovar en sus clases-, su ánimo y su capacidad de trabajo.

Diría, en este sentido, que no podemos evaluar un sistema sin herramientas capaces de evaluarlo fielmente en lugar de fiscalizarlo o someterlo a juicio, porque lo que me parece que no debe ser positivo, es que el sistema de evaluación recaiga sobre lo evaluado como una losa que no le permite trabajar con fluidez por sus verdaderos objetivos. En esto, por ejemplo las administraciones públicas, que lo que hacen es fiscalizar e inspeccionar, son expertas. Aunque algunas instituciones educativas no se queden a la zaga.

Sin embargo, se tiene muy poco en cuenta la opinión del alumno que en determinadas condiciones es capaz de dar su opinión, de forma realmente anónima y objetiva, sobre la dinámica de las clases, los sistema didácticos más útiles, los que consideran inútiles y en este sentido el modelo de clase, de las que han cursado, por el que apuestan. Teniendo los datos concretos de lo que expresan los alumnos, se pueden extrapolar modelos y acercarnos mucho más a lo que de hecho funciona, sin crear por supuesto, si esos datos son tratados por una dirección discreta de forma anónima, disputas o mal ambiente en los grupos de profesores. Seguramente, algunos se quedarían estupefactos de lo que piensan realmente los alumnos del uso de las nuevas tecnologías en el aula, o de los trabajos cooperativos, por proyectos o de algunas fascinantes prácticas que de hecho no acaban de funcionar.

Así, en primer lugar entiendo que hay que dejar de confundir cantidad con calidad, definiendo cual es la prioridad. En segundo lugar disponer de un sistema evaluativo de la función docente y de enseñanza que no acabe con las fuerzas de los susodichos, porque luego, por si nadie ha caído en la cuenta, los profesores evaluados tienen que trabajar, es decir educar a los alumnos.

Nos olvidamos reiteradamente, que ser profesor  no es hoy, algo menos sofisticado que ser padres, y nadie nos da un manual ni desarrolla una ciencia de cómo convertirse en “especialista para todo”, que es lo que parece demandar la sociedad.

Aunque sería el momento de que la misma sociedad, los mismos padres se plantearan qué deben y pueden esperar de la escuela y qué deben asumir ellos, de forma insustituible, como padres.

Lo que más tristeza me produce es constatar que los mayores defensores de la denominada nueva escuela o no eran docentes modélicos en su momento, o nunca han impartido clases en secundaria y primaria, o talvez en lugar alguno. Que discursean teóricamente sobre un día a día que muchos de ellos desconocen y que parecen haberse olvidado que los contextos de aprendizaje son sumamente relevantes, como para que la metodología y los contenidos puedan ser adaptados a cada entorno. Esto con un margen que debe decidir el claustro de profesores y el propio docente cuanto topa con la realidad del grupo.

Se hará un pacto por la educación desde las alturas, para que lo apliquemos aquellos a los que nunca se nos escucha y luego se nos fiscalizará por hacerlo mal. Y la ruleta seguirá girando en el mismo sentido, pero habrá alumnos que a pesar del sistema y gracias a profesores y padres aprenderán y crecerán con una buena educación.