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Condenados a cumplir un año más con los rituales del calendario, las navidades se presentan como ese período en el que casi nadie es quien debería ser, y se nos impele a mostrarnos lo felices que somos en esa familia que a menudo preferiríamos esquivar. No es de extrañar que en la sociedad de la hipocresía haya un momento culmen y apoteósico de fariseísmo.

Entiendo que lo más hiriente es que sutilmente se extienda la identificación de la alegría navideña con el amor a la familia. Este infundio no tiene otro propósito que conducirnos a mostrar sin fisuras ese amor mediante regalos. ¡Cómo no aparece el consumo como voluntad oculta! Pero, bien sabemos que las relaciones humanas son complejas y que haya o no afecto y amor entre las personas lo más adecuado no es forzar un encuentro artificial. Las celebraciones navideñas acaban a menudo con heridas más profundas entre las familias, porque la vida teje el tiempo para que cada momento acontezca, las obligaciones  sociales destrozan el ritmo natural de cualquier relación de amor.

Así, aunque tengamos interiorizado que la Navidad se vive en familia, deberíamos pensar que la vida se vive en familia en un sentido amplio, los que son de sangre y los que mutuamente se han elegido unidos por la amistad. Y tenemos todo un año, tras otro para escoger el momento más fructífero. El calendario, regulado por rituales religiosos nada sabe ya de la vida.