De lo mediocre: lo distópico

En una sociedad en que las distopías fluyen como una advertencia seria de la imposibilidad de conseguir sociedades perfectas, se trasluce también una visión desnuda de esperanza y sumamente pragmática.

La mayoría de estas sociedades imaginarias se basan en varios supuestos: primero en que una condición imprescindible para toda comunidad humana es eliminar las emociones de los individuos, ya que suelen ser fuente de conflictos que rompen la convivencia y la colaboración entre ellos. Segundo que la homogeneidad de los sujetos es sustancial, porque las diferencias dificultan la obediencia y el sometimiento, con lo cual regidos solo por la razón es necesario que esta sea UNA, y que el proceso de deliberación y juicio se produzca de forma monolítica. De ahí la idea recurrente de la implantación de chips programados en los individuos, que establece el orden de prioridades y la obediencia ciega.

Ahora bien, ante este tipo de sociedades siempre aparecen los rebeldes que desean recuperar la auténtica libertad y naturaleza humana, asumiendo la imperfección de la sociedad pero valorando que esa supuesta comunidad perfecta deshumaniza. Así se intenta evidenciar cómo ser humano es ser mediocre, pero libre y que la sociedad en que vivimos es la única posible.

El hecho pues, de que una cultura produzca distopías en lugar de utopías es bastante significativo. Lo que reluce es la incapacidad de crear, por la suma de sujetos, algo que no se haya en el sujeto individual. Es algo así como si creyéramos que aumentando la cantidad de sal conseguiremos un sabor dulzón, cuando la molécula de sal no posee esa cualidad. Al igual, la sociedad actual está convencida de que la asociación de individuos no puede producir algo que no está ya presente en los individuos. Lo que se deriva en una hipercreación literaria y cinematográfica distópica.

Cierto es que en otros momentos históricos se creyó que la Ley podía conseguir en comunidad lo que el individuo por sí solo era incapaz de lograr. Pero, desgraciadamente las leyes se han vuelto tan mediocres y su aplicación tan corrupta como los hombres mismos. Carecen de legitimidad y por lo tanto se han convertido en las reglas impuestas del juego, pero para nada en la expresión de la Justicia. ¿Alguien ve motivos para imaginar utopías?

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