Adulación

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La adulación carece de veracidad ya que la intención es provocar el agrado en el sujeto lisonjeado. No siempre que se produce la sensación por  parte de quien lo recibe se ha efectuado realmente un acto de adulación. A menudo los elogios, que son auténticos reconocimientos de los méritos ajenos, son percibidos como un burdo halago.

Así, es difícil alabar sin ceder al agasajo que desmerece el pretendido reconocimiento. Y es, a su vez, de fina sensibilidad no confundir el elogio con la coba o la complacencia.

Un criterio para desechar, sin miedo a errar, la adulación es atender a quién la profiere. De la honestidad y autoridad de la persona se deriva el valor de su juicio. Por el contrario, quien carece de confianza alguna para el sujeto evaluado debe ser anulado en su parecer, pues sea elogio o zalamería no hay baremo para su distinción.

Por tanto, adular no es más que la hipocresía hecha alabanza, elogiar es la honradez que ensalza el mérito ajeno para su reconocimiento.

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