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La deliberación moral nos pone siempre al límite de nosotros mismos, en la medida en que nos obliga a afrontar decisiones controvertidas y que –queramos o no- nos devuelve siempre nuestro rostro en el espejo. No pensemos en “grandes” decisiones morales, en el sentido de que sus consecuencias puedan dar un giro sustancial a nada. Sino en aquellas que cotidianamente, y a veces con premura, nos vemos obligados a tomar. Hablaba hoy con unos alumnos en la clase de filosofía sobre si podíamos comparar la grandeza de las decisiones morales, si había decisiones morales de alguna manera mayores y otras menores. La cuestión me ha resultado sugerente, si tenemos en cuenta que la mayoría de dilemas morales a los que nos enfrentamos en la vida podrían ser considerados “menores”, en cuanto a las repercusiones que tienen en la sociedad. Esto nos llevaría de forma inmediata a minimizar nuestra responsabilidad moral, ya que lo nuestro son “pequeñas” decisiones. Entonces, alguien con perspicacia, ha matizado que las decisiones que ellos toman ahora son un botón de muestra de las decisiones que tomarían en situaciones más complejas.

Y, este diálogo, me ha llevado a formular una convicción que no es nueva, pero que entiendo lúcida: somos lo que vamos haciendo de nosotros en cada decisión, soy generoso si actúo con generosidad, soy bondadoso, si actúo con bondad. “El hábito hace la virtud” decía Aristóteles, y me adhiero cada vez más a la idea de que somos, no sólo lo que nuestra voluntad quiere sino, el residuo de las acciones coherentes con esa voluntad buena. Hay buenas personas, casi prescinden de la deliberación moral porque su êthos es virtuoso, y actúan de forma inconsciente de la misma manera que si hubieran pasado la situación por el cedazo de la conciencia moral. Hay personas buenas….y hay personas…..hay cabrones y hay desgraciados.

Tal vez la educación del carácter moral no es ninguna banalidad.  Tal vez si instauramos en los individuos una inercia hacia la virtud, gestaríamos sistemas menos corruptos, políticos y empresarios menos corruptos…y nosotros mismos seriamos menos corruptos.

Sé que la cuestión es controvertida, porque estas ideas también las leen corruptos. Pero quizás ha llegado el momento de plantearnos –lo que ya se planteó JS.Mill- ¿Por qué las sociedades crean individuos tan maleables y tan fácilmente corruptibles? ¿Será el sistema económico y social? ¿Será la convicción egoísta de tonto el último?

A menudo preferiría pasar a engrosar el grupo de los tontos, ya que la virtud parece ser aliada de los necios.

Enero de 2012, reflexión después del aula.