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El tedio es el gran enemigo de nuestras vidas desde la infancia. Ese estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones (RAE), es un estado interno que se sufre o padece por falta de presencias externas adecuadas. Fijémonos que este estado mental, que tanto  aterra y que los adultos contribuimos a esquivar para que los niños “no nos molesten”, configura individuos pendientes de la exterioridad, convencidos de que su malestar interno depende siempre de las condiciones externas. 

Evitar que los infantes afronten el aburrimiento o el tedio es privarles de afrontar su propia soledad, desde la cual deben aprender a observarse, valorarse y construir su identidad, aprendiendo a ver que dentro de sí mismos hay un mundo interior a desarrollar y descubrir. Y esto último solo puede hacerse en soledad, tal vez en esos momentos que son aparentemente aburridos. Además es imprescindible deshacer el malentendido inicial de que mi estado interior está causado y depende del exterior. Pero esto solo se logrará con el desarrollo de su interioridad e identidad.

La imaginación resulta un recurso extraordinario en esos tiempos de tedio. Ayudan a proyectarse, a elegir de alguna manera los modelos de identificación y a nutrir a los infantes de esperanza e ilusión. Cuando has vivido casi con toda certeza más de la mitad de la vida la imaginación no cumple ya esa función proyectiva y emancipadora hacia el futuro. Ni tan solo puede asumir una función evasiva, tan solo nos sirve para rastrear cómo mostrar lo que sentimos de la manera más estética y menos pornográfica. Porque el tedio y el aburrimiento también están presentes, pero como individuos más curtidos hemos aprendido a sostenernos en soledad.

Así, el tedio es una experiencia vital que no debemos evitar a los niños, porque estamos privándoles de una ocasión privilegiada de fortalecer su interioridad y la búsqueda de su propio yo. Como todo, en su justo medio y en las ocasiones apropiadas.