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Si como aseguraban los griegos lo Bueno es bello, no cabe maldad en la belleza. Esto nos induce a revisar el concepto de belleza, ya que no podemos estar refiriéndonos a la frivolidad con que la Sociedad actual se sacude el término y nos presenta ese patrón ideal corporeizado, es decir asociado a la materialidad.

La belleza de algo debe consistir en su esplendor, en la máxima expresión de lo que se puede llegar a ser, o se es, distanciándose del aparecer como pretensión engañosa. Ese máximum se despliega desde las raíces del algo que aspira a ser bello, por tanto con todo su ser puesto en búsqueda de lo mejor de sí mismo, de lo resplandeciente. Aproximándonos a la belleza no podemos más que hacerlo al bien, a la plenitud, a lo mejor que se es.

Uno de los fracasos actuales es haber desplazado lo estético a lo corpóreo como si esa identificación, que solo era beneficiosa desde una perspectiva mercantilista, fuera ciertamente satisfactoria en nuestra búsqueda de una explicación de la belleza que fuera capaz de dar cuenta de experiencias contemplativas y sensibles pero a su vez intensamente “espirituales”.

Por eso, lo bello es también bueno y lo malo no tiene cabida ni en la ética ni en la estética más que como negación. En el momento en que banalizamos términos estéticos como la belleza, estamos a su vez menospreciando la ética, porque si bello es el que está bueno, debemos reconocer que bueno es el que está bello, y acabaremos con los personajes de Disney en que los buenos son además los bellos y los malos los feos. Todo por haber confundido estar con ser, o belleza con cuerpo. La ética me orienta sobre el querer ser y la estética sobre el  estar derivado de ese querer. Una armonía resultante entre estética y ética, porque de cómo quiera ser  y sea, se derivará mi forma de estar y habitar el mundo, mi estética.