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Casi  todo en la vida tiene su reverso. Y no es esta frase el síntoma de un ataque irracional de optimismo, sino la constatación de que, a menudo, las situaciones adversas pueden visualizarse desde una perspectiva distinta.

La sabiduría quizás consista, en parte, es esto: en la habilidad de abstraernos de lo fáctico y elevados por encima de lo que acontece podamos, sin que los hechos se alteren, mirar y re- mirar la cosa desde diversas ópticas. Así, el reencuentro con lo que ocurre es liviano, porque hemos sabido percibir la incandescencia oculta, y aunque somos parte del acontecer hemos dejado de sentirnos arrastrados por él.

Ahora bien, esta actitud ante la vida exige huir de dogmatismos, falta de flexibilidad, y visiones ancladas en verdades únicas y absolutas. Cualquier atisbo de rigidez nos lleva inexorablemente a hundirnos en la ortodoxia interpretativa de la apariencia escabrosa de lo sucedido.

Por todo esto, estimular cierto perspectivismo -lejos de situarnos en un mundo vacío de referentes lo amplia-  aligera el peso de la culpa como consecuencia de enjuiciamientos absolutos.

La vida es, a menudo, un tortuoso camino que como tal nunca hemos elegido. Somos seres que nos hemos encontrado existiendo, y tal vez sólo nos queda desarrollar la mejor forma de conducir el carro por el escarpado camino. Hay quien se consuela pensando que siempre nos queda la muerte. Nada dura por siempre, y está también en nuestras manos ponerle fin.

Antes de eso, tenemos alternativas, sólo es cuestión de perspectiva.