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Las redes sociales virtuales son un amplio espacio, que aún exploramos, donde los límites no están externamente fijados y cada individuo vaga intentando, algunos de ellos, establecer las reglar del juego.

Es evidente que a través de ellas forjamos una imagen social de nuestro yo, distante o no de la que ya tenemos en la red social tradicional. Digamos que esta última está gestada con mayor cantidad de datos, porque no depende exclusivamente de lo que yo declare o no, y mi actitud, observada por los otros, es más espontánea y menos premeditada, en principio. En este sentido, el espacio virtual nos proporciona la posibilidad de mostrar una imagen más lustrosa de nosotros mismos.

Ahora bien, es cierto que la virtualidad de internet nos crea una cierta sensación de seres anónimos que nos desinhibe en el momento de expresar opiniones y sentimientos. Esta naturaleza oculta, a menudo falaz, provoca que los límites de aquello que compartimos se disuelvan, quizás porque olvidamos que no escribimos solo para los amigos íntimos, ya que con el tiempo, y por razones, diversas hemos ido agregando a desconocidos. Así, el dominio que podíamos tener sobre la imagen que generábamos voluntariamente para los otros puede no ser tan nítido y estar tan liberado de nuestras propias penurias que vuelven a filtrase de alguna manera por los resquicios del mundo virtual. Más aún, si pasamos de compartir información u opiniones sobre la actualidad, a compartir cumpleaños, éxitos de nuestros hijos, propios, y la muerte de nuestros progenitores ¿Hasta ahí queríamos llegar de verdad?

Entiendo que hay quizás un error de concepto del que ahora podemos apercibirnos y tiempo atrás no. Aquello que hasta ahora hemos denominado realidad virtual, en nuestro caso las redes sociales a través de internet, no es tal. Es decir, la oposición manejada entre virtualidad y realidad, para referirnos al mundo cibernético y al físico palpable, suponiendo además que uno era falaz y engañoso y el otro veraz, es una imposición lingüística y caduca. ¿Quién puede aseverar hoy que es menos sincera la relación establecida a través de Facebook con una persona no anónima que con otra conocida en el espacio laboral? Mientras las condiciones de presentación y establecimiento de la relación sean las mismas, a la persona la iremos conociendo tras muchas horas de conversación, pero la garantía o certeza de que no hay engaño no la obtenemos ni física ni virtualmente. Pretendemos unas atribuciones de seguridad a veces superiores para quien conocemos por internet que para quien conocemos en persona. No cabe duda que la red es un contexto que se presta fácilmente a juegos escabrosos y que la prudencia es importantísima. Pero también que debemos serlo con personas que conozcamos sin demasiadas referencias, aunque las hayamos conocido en persona.

En síntesis establecer límites en aquello que compartimos a través de las redes es conveniente; pero el límite puede estar en el uso que hago de ellas –algo que todo el mundo debería preguntarse, para qué- o bien en el grado de relación previo que tengo con las personas que agrego a la red. Entonces, bien protegido, puedo descuidar lo que comparto porque previamente he garantizado el público al que llegarán mis mensajes.