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Hay un espacio repleto de lo incógnito entre los enseres de esa habitación que no eres tú, que no soy yo, aunque nos rodea y nos apercibimos girando la vista, por si en un vano descuido avistamos algo.

Percibimos etéreos estímulos que no sabemos traducir, e intentamos conjuntamente retenerlos, para que ese instante nos permita identificarlos y acaso decirlos, para que lo ignorado no se torne en el verdugo de nuestros encuentros, al hacer de ellos nada más que vacíos.

El pavor a descifrarlos sea tal vez revelar lo que por prudencia y tabú debe hallarse bajo el telón de lo oculto. O la necesidad de presencias ignotas son fantasías que tejen la mente de alguno para no sentirse despreciado.