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Bruno Bettelheim consiguió iluminarnos con su obra “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”[1] ya en 1975, sobre cómo estos configuraban de forma positiva la personalidad del niño, al ayudarle a afrontar los conflictos internos inconscientes, que sin ningún resorte podrían dañar  la salud del futuro adulto. Aunque no siempre la conducta y la identificación del infante con los personajes se adecuasen a lo esperado, sí constituía un modelo a partir del cual podíamos entender los conflictos que estaba librando el pequeño en su  interior  a través de la representación simbólica de los cuentos.

Ahora bien, hay un aspecto que creo no se ha tenido en excesiva consideración. La identificación de los niños con los personajes depende de su situación y experiencia previa. Aunque el propio Bettelheim presupone que el niño se identifica con el héroe, esto –como ya he apuntado antes no siempre es así- hay quien tiende sistemáticamente a identificarse con el  villano, quien tiende a identificarse con el personaje más débil y que más sufre y que debe ser salvado,…y estos últimos, los que se sienten más desvalidos y desprotegidos son víctimas de una confusión que deberán resolver –si pueden- de adultos. La confusión consiste en creer que al niño desprotegido siempre vendrá alguien a salvarlo, porque ningún adulto bueno será capaz de mirar con indiferencia su sufrimiento y marcharse. Y con esta falsa creencia, que le nutre de esperanza, va tropezando con adultos que en un principio cree que le auxiliarán, pero siempre acaba siendo que no. Su alma descuartizada y recompuesta a despecho de tanto  desprecio, provoca que el dolor de los abandonos cree indiferencia y vaya curtiéndose; haciendo válido el aforismo que advierte que lo que no te mata te hace más fuerte. O su lectura más pesimista, de indiferencia hacia sí mismo.

Por lo expuesto sería deseable repensar el concepto de héroe que transmitimos a nuestros hijos, de maldad y de realidad. Adaptar los cuentos o relatos a la condición humana para que, sin dejar de hacerlos capaces de sentir experiencias mágicas –que no dejen de ser reales-  sean a su vez capaces de vivir las experiencias reales-sin esperar que sean mágicas-

Para que los niños dejen de esperar que los adultos los salven del terror y la miseria de la vida, que les ha tocado en suerte.

[1] La riqueza socioeducativa de estos relatos es más amplia  de lo aquí referido , para más detalle consultar la obra B.Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Ed.Crítica Barcelona 1977