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Que un dolor no pueda ser re-conocido por nadie más que quien lo padece, que a quien sufre se le diga que no es re-conocible su dolor, le condena al pozo de la soledad más cruda, al silencio exigido por la incomprensión.  Ya, en esa guarida húmeda, se recrudecen las ausencias y los silencios reverberan sonidos sordos.