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Ese cielo plomizo, ya nada amenazante, desprende un ánimo decadente propio del influjo mundano. Si escupe precipitaciones abruptas, no es más que la empática condena que lo atenaza. Tsunamis, terremotos, lluvias torrenciales, vientos huracanados. Es obvio que el orbe está convulso, ante el auto-exterminio de los humanos, que nunca fueron un animal más, sino el más animal de todos.