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No hay “lágrimas de cocodrilo”, antes bien haya suma insensibilidad para reseguir el lagrimeo ajeno en su pálpito herido. Negado el llanto, como falsa estrategia, quedamos legitimados para, hieráticos, proceder a actuar con contundencia. Queda la conciencia, sosegada y tranquila dormita como un inocente rehén de su  propia elocuencia.