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La muerte tiene un efecto abrumador en los que se quedan. Sienten la culpabilidad de haber faltado alguna vez al difunto y la necesidad expiatoria de halagarlo, como si los espíritus fueran a pasarles factura. Así, los homenajes son formas de aliviar la angustia de los vivos porque ensalzan la figura del fallecido y con eso sienten haber saldado su deuda. Todo individuo al que hoy enjuiciamos desde cualquier punto de vista será un difunto mañana. Nuestras palabras no tienen el poder de matar, ni porque ahora haya fallecido lo dicho anteriormente se convierte en sacrilegio. Se morirán muchas personas con las que no nos hemos entendido en la vida y eso, por supuesto no nos hace peores.

Pero la muerte ejerce un influjo que transforma el sentir de los individuos, porque nos pone en el límite definitivo, donde las discrepancias dejan de tener ninguna relevancia, y somos tal vez capaces de mirar al otro como un humano más, sin las máscaras sociales que tanto nos deshumanizan.

En el apeadero final somos muy iguales, aunque la actitud puede ser muy distinta.