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Rabiar, vertiendo a chorros ira y cólera, cuando el alma desentumecida puede evacuar la furia encendida  sanea y encalma la disposición para afrontarla.  No se desborda de vesania el corazón por naderías, sino por un dolor insostenible por intenso, pero indiferentemente  sostenido en el tiempo. Así se fragua un volcán de lava candente, que echa fuego, y piedras en llamas.

Pero esa rabia, esa potencia destruye si no se exhala. Hay que dejar que fluya lentamente, siempre a través de las palabras que duelen pero no matan. Descomprimir la energía para que no llague más el alma, y disolver la ira reconvirtiéndolo en lenguaje que objetiva, distancia y permite ofrendarlo tal vez a quienes generaron ese odio y esa rabia.