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Cuando hablamos de corrupción acostumbramos a referirnos,  en las organizaciones  especialmente en las públicas, a la práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores –RAE- Sabemos que en estos actos corruptos participan también empresas privadas para conseguir concursos públicos o porque son propiedad de empleados públicos con altos cargos.  

La intensificación y la extensión de los casos de corrupción que han salido a la luz en los últimos años –aclaremos que en los años de la dictadura estas prácticas no estaban reguladas y no constituían delito- se tiende a menoscabar la gravedad del problema político y económico que implica este fenómeno extrapolando este tipo de comportamiento al conjunto de la sociedad.

Si atendemos con propiedad a lo que significa ser corrupto, gran parte de la población no tiene la oportunidad de serlo. Otra cuestión es qué haría si se situara en disposición de actuar como tal. Lo que sí puede ser comparado es hasta qué punto otras actitudes de engaño, estafa, ambición y usurpación no equivaldrían, en un lugar de poder y responsabilidad pública, a una actitud corrupta.

Reducir la corrupción al robo, a la economía sumergida de la que muchas familias viven o a otras prácticas similares me parece un agravio comparativo que beneficia a los auténticos corruptos. Me explico.

Existen muchas formas de robo. Las que no son de guante blanco que pertenecerían a los denominados corruptos, pueden llevarse a cabo con violencia física para obtener grandes cantidades en mansiones donde tienen garantías de encontrar dinero piezas de alto valor, en bancos. Pero también existe un tipo de robo que no está destinado al lucro ni es una forma de vida elegida, sino una manera de subsistir. Nos referimos a los que trabajan por cuenta ajena y su posibilidad no es otra que la de encontrar un trabajo remunerado. No creo que este tipo de delito pueda ser equiparado a los mencionados anteriormente. Asimismo, un país con un sueldo mínimo tan escaso que no llega para cubrir un alquiler y gastos de servicios, entiendo que presupone que la economía sumergida funciona, porque si no fuera así ya se habría producido un desorden, altercados, violencia y revueltas sociales que ningún gobiernos desea encontrarse. Por ello, quien busca sobrevivir a través de esos ingresos en negro, aunque tal vez tengan  un trabajo o tal vez cobre algún subsidio de desempleo, no pueden ser acusados más que de defender su dignidad como ciudadanos que tienen derecho a cubrir sus necesidades. Esto no significa que todos los que trabajan en negro sean honrados, pero difícilmente alguien puede aspirar a algo más que mejorar algo su modo de vivir. Nunca a lucrarse o enriquecerse, porque recordemos que hablamos de trabajadores por cuenta ajena, no de profesiones liberales ni de empresarios.

Ser corrupto implica usar los bienes públicos para el lucro personal, pero usarlos para sobrevivir es una cuestión de dignidad.