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Quien observa y reflexiona sobre el hombre y el mundo hoy, difícilmente construirá un todo ordenado y coherente que dé cuenta, de una vez por todas, de una disparidad de modos de ser vertiginosos y de ninguna manera aptos para encorsetarlos bajos conceptos rigurosos y asfixiantes. Porque no solo el mundo puede mostrarse diverso, sino que podemos verlo diverso, y por ende rastrear explicaciones que fielmente así lo testimonien.

También, es cierto y no podemos olvidar que esta voluntad de decir fragmentariamente lo que así aparece –aunque tras esa disgregación podamos intuir nexos- se ve frenada por el pensamiento único dominante que intenta imponer una forma de ver, entender y vivir la vida monolítica. Nada más contrario a lo que los hechos indican ante la multiculturalidad producida por los movimientos migratorios.

Pero la fidelidad a una época en que lo individual, lo propio y lo diferente parece marcar las señas de identidad de un sujeto carente de modelos para forjarse, exige no menospreciar lo que surge como originario, genuino y diverso porque en esa variedad yace el germen de una libertad abortada desde la culturalización del individuo, que sesga a todos para amoldarlos al mismo patrón.

Por eso, es de vital importancia que quien pretenda dar cuenta del mundo actual, no lo sintetice con finalidades de comprensión falseándolo y forzando conexiones inexistentes que llevan a una distorsión de lo que hay y es. Si el mundo escupe fragmentos, debemos dar cuenta de esa disgregación cultural y social que tiende destacar lo mínimo como hermano de lo máximo. Así tal vez, las minorías tendrán también su lugar, que no significa su poder de imponer su voluntad a la mayoría, que esto son paradojas que también suceden.