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El momento, quién sabe si llegará a ser histórico antes de que ésta se agote, abunda en avances científicos y tecnológicos donde los robots –un ideal de esclavo legal- van a pasar a ser uno de los hitos más deseados de los amantes del desarrollo de la era digital. Se intenta, sobre todo, utilizarlos como mano de obra que agilice trabajos  mecánicos y, además, algunos de ellos fabricados como “seres” semejantes a los humanos, que por su parecido puedan asumir funciones sustitutivas en determinadas circunstancias. El reto más difícil es lograr que puedan tomar decisiones y emular las emociones humanas. Ya existe algún caso de humanos que se han casado o emparejado con robots. Situaciones similares había anticipado  la cinematografía hace ya unos años: robots sustituyendo a humanos en relaciones con otros humanos.

No resulta sorprendente que cuando los humanos se hallan más desconectados de sí y de los otros emocionalmente, de una manera profunda, donde haya un intercambio de intimidades, usemos la tecnología no solo para aumentar la productividad y eficacia de las empresas, esas son las leyes del mercado, sino que se nos deslice la invención de un clon-máquina de nosotros mismos, que sin peligro de que pueda violentarnos se someta a nuestras exigencias y satisfaga nuestras necesidades. No estamos buscando pareja o amigos, sino nuestra imagen en el espejo vista por un súbdito que nos halague y nos rinda pleitesía para saciar nuestro narcisismo. Solos, por miedo a mirarnos en un espejo neutral, hemos creado réplicas del espejo originarios donde el yo era el centro del mundo. Seguiremos desconectados de nosotros mismos y del resto de humanos por falta de valor. Porque no podemos soportar la realidad que nos pertenece y temerosos preferimos seguir siendo robots que se sienten satisfechos con la presencia de sus iguales.