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Durante la lectura de una novela extensa tienes, en ocasiones, la sensación de captar episodios deshilachados que no te permiten hilvanar el significado intrínseco y global del libro. Esto, más que al texto mismo, hay que achacarlo a una discontinuidad en la lectura y un vacío en la memoria que nos impide retener los eslabones perdidos que explican y dan sentido a esa serie de acontecimientos que guardamos como aislados.

Leer los hechos mundanos mantiene un cierto paralelismo con el ejercicio lector de un volumen extenso, de argumento complejo y coral que se extiende a lo largo del tiempo, en una trama de ficción-real.

A menudo, lo cotidiano nos brinda excelentes argumentos de ficción que desbordan lo que parece verosímil. Otras veces la realidad es tan extremadamente auténtica que por ella misma merece ser mostrada sin atuendos, ni ornamentos.

Lo que beneficia al arte literario, este trasiego pícaro de los sucesos, no deja de ser nocivo para el arte de interpretar y entender la realidad. Si el mundo se nos muestra como un universo de átomos en fuga azarosa y nos vemos obligados a lanzar continuas hipótesis que den cuenta de esas trayectorias, ¿no será tarde cuando descubierto en hilo conductor nos dispongamos a reaccionar?

Sea más o menos hiperbólica la metáfora, habrá que reconocer que la fragmentación de las sociedades, la atomización del individuo, en un mundo que solo se pretende global económicamente para una mejor explotación de los recursos y los beneficios, es una estrategia evidente de impedir que se puedan configurar relatos globales y comprensibles que promuevan movimientos y revueltas sociales, como las que a pesar de las trabas han ido surgiendo en diferentes zonas del planeta.

La literatura como arte libera el ansia de comprensión e interpretación del mundo.