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No actuar es inhibirse de interferir en lo que sucede, por voluntad propia. Es por tanto, una decisión que acarrea consecuencias de las que somos tan responsables como si hubiéramos actuado. Por ello cuando asumimos el rol de observador ante un hecho de maltrato o de injusticia flagrante, nuestra no intervención no nos exime de responsabilidad, ni debiera nuestra conciencia de culpa. Entiendo la culpa como el demonio persecutorio que nos abruma mientras denegamos y asumimos nuestras cargas. Quien asume su miedo, su incapacidad o su indecisión no es perseguido por la culpa, sino identificado con la mediocridad y la miseria que nos caracteriza a los humanos.