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Ojeando lo noticiable, desmenuzo el significado del término noticia y recurriendo a la RAE extraigo, en su primera acepción, información sobre algo que se considera interesante divulgar. Aquí, entran en juego la multiplicidad de sucesos ocurridos durante el período de tiempo del que se debe informar, y el criterio bajo el que un acontecimiento se considera interesante para ser divulgado.

Este último factor es preferente porque modifica la noción misma de informar. Si lo que merece ser divulgado es lo que genera un determinado estado de opinión, la información deviene conformación de la opinión pública. Teniendo en cuenta que los espacios informativos son limitados y financiados por grupos con determinados intereses, es necesario hacer una criba de lo acontecido que, por imperativo económico, beneficie a quien sufraga los gastos del medio de comunicación.

Lo expuesto no viene sino a confirmar algo sabido y consabido: que la visión del mundo que nos ofrecen los medios de comunicación no es objetiva, y es además tendenciosa.

Querría destacar esta voluntad de desvirtuar y manipular el estado de opinión que acaba creando cosmovisiones maniqueas, que son las que funcionan con eficacia y agilidad -por su simplismo- pero que destruyen la visión crítica que debería caracterizar a los ciudadanos en una supuesta democracia.

A menudo el colectivo de periodistas reclama libertad de expresión –curiosamente en plena democracia- pero suele desprender un aroma poco ácido cuando su exigencia nunca atañe al principal escollo de la honestidad periodística. Parece asumido que el trabajo exige una cierta sumisión ideológica y que la minoría que no dispone de la suerte de coincidir con quien paga y manda, vende su alma al diablo.

Esto genera que me resulte de patio de colegio luchar por publicar unas caricaturas sobre personajes públicos o dioses. Acaso la batalla por la libertad de expresión tenga, a mi juicio, fines más elevados.