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No hay contradicción entre el lenguaje y el gesto, uno está sujeto al deber, el otro al querer, y como humanos mientras lo que deberíamos hacer pueda ser distinguido de lo que queremos hacer, el gesto espontáneo que brota de la voluntad oprimida será siempre el auténtico querer.

¡Qué vida más absurda  la de aquel que le busca sentido, y mientras se le exige hacer lo que “debe”-obligatoriedad sin fundamento- y no lo que quiere! El lenguaje impone, a menudo, la convención por encima del sentido.