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Acabo de apercibirme, por uno de esos mensajes “nomeolvides” de Facebook, que hace seis años que inicié decidida e indignada mi periplo bloguero por la red. Ciertamente me rondaba la idea como una nebulosa que no adquiría nitidez, y fue la chispa del 15M la que me empujó a escribir diariamente y no parar. Nada queda de aquel movimiento ciudadano colectivo, diverso y espontáneo; de las palabras escritas por Stéphane Hessel que apoyaron e inspiraron unas protestas contra el sistema de vida neocapitalista global que tiende a aumentar la pobreza y a concentrar la riqueza en una minoría. Fue una forma inmejorable de iniciar un blog, al menos la única que proporcionó nitidez a mi nube mental.

En estos años bajo el seudónimo “nomecreocasinada” que se ha convertido funcionalmente, ante mi ignorancia, en una marca virtual, he abierto dos blogs, uno con el subtítulo “sobre la vida misma” en el que ya no escribo pero que sigue abierto para su lectura, y otro “filosofía del reconocimiento” que es éste que leéis y en el que escribo diariamente.

Si la valoración de estos años debiera hacerla por la cantidad de visitas y rankings ocupados, ni me lo hubiera imaginado porque tampoco me lo había planteado. Que los números avalen un trabajo de seis años tiene un riesgo enorme: perder el sentido de lo que haces. No inicie la escritura virtual con el objetivo de que mi blog “fuera el primero” como de forma machista rezaba un anuncio televisivo sobre un espermatozoide que de paso adoctrinaba sobre roles y expectativas. Pero las redes sociales no están exentas de tentaciones y aparte de informarte constantemente sobre tus aumentos y declives de visitas, te posiciona en rankings, supongo cuando has alcanzado un determinado relieve, que inconscientemente presiona.

Visto lo visto, he decidido que este año me tomaré tres meses de vacaciones en el blog, como ya hice el año pasado, así nos relajamos todos y resituamos las prioridades. Revalorizo personalmente las mías, y conseguiré haber pasado a la historia porque en el mundo virtual el tiempo corre a la velocidad de la luz.

Prescindiendo de las perversiones narcisistas, hay una satisfacción profunda que reside en expresar lo que piensas intentando fundamentarlo, tengan la acogida que tengan tus palabras. Eso es un privilegio, que está al alcance de todos, pero que no todos se sienten en condiciones de poder desarrollar. Por otra parte, incapaz e incapacitada como me encuentro para luchar contra el declive humanitario de forma más directa, la escritura se ha convertido en un medio para mí de reivindicación y batalla humana, que abarca una diversidad de aspectos de lo que implica ser humano. Por ello, las temáticas pueden parecer en ocasiones arbitrarias o caóticas, pero no lo son de hecho. Todas subyacen al reconocimiento necesario de lo humano como condición necesaria para una vida justa.

Así, sigo albergando en un rincón de mi rebelde causa la fortaleza que emanaba Stéphane Hessel, a la vez que no puedo desprenderme del tiempo y las circunstancias que me están existiendo. Creo que mis cuadernos digitales no son más que esa ambigüedad entre una esperanza muerta, y una vida sin esperanza, que aun así transita por si una sola sílaba puede mitigar el dolor momentáneamente de alguien que lo merezca.