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Decaemos en el umbral de  nuestras miserias, cuando su reconocimiento nos muestra quiénes hemos llegado a ser tras tanto bregar por la vida. Y no es, como pudiera parecer, lamento alguno, sino constatación y conciencia de nuestra profunda humanidad, esa que nos trasciende y nos degrada alternativamente.  Esa naturaleza sin parangón, que pese a quien pese, se debate siempre entre los límites del bien y del mal.