Etiquetas

, , , ,

Se asemejan nuestras acciones furtivas a traiciones perversas. Pero bien sabemos que las apariencias engañan y que, en honrosas ocasiones, aquello que realizamos en secreto no pretende más que evitar daños mayores a los ya padecidos. Supongamos, a modo de ejemplo simplista, que alguien sufre fobia a las cucarachas; obviar que hemos avistado un par y actuar a escondidas de esa persona tomando medidas para que no se propague la presencia de tal insecto, no es más que una acción empática y, por supuesto nunca hablaríamos de traición. De forma semejante y en circunstancias más relevantes nos vemos en ocasiones en la tesitura de decidir si desvelamos información a una persona que por su tendencia a la angustia sabemos va a sufrir en exceso u obramos de manera que ese daño quede minimizado mientras sea posible. Suele ser un bien para el sujeto sufriente y para los que conviven con él. Es el equivalente a las “mentiras piadosas” en el diálogo con los otros. Aunque la expresión sea altamente desafortunada, su función es benigna a menudo. Tampoco hablaríamos de un mentiroso cuando nos referimos a alguien que utiliza esa estrategia en una circunstancia que tal vez lo requiera.

De este modo la traición y la mentira no son acciones en sí, sino antes bien intenciones con las que perpetramos acciones que determinan fines perversos.